ACCESO AL CONOCIMIENTO Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA.

Conocimiento es, según la RAE, la “acción y efecto de conocer” y, por lo tanto, la capacidad del ser humano para “averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas”. Teniendo en cuenta que acceso es la acción de “poner cerca o a menor distancia de lugar o tiempo”, entenderemos el acceso al conocimiento como el acercamiento de este al ciudadano de la forma más abierta posible y, esto, en la era de la Sociedad de la Información y la Comunicación tendría que significar el completo derribo de las barreras, pero no lo es. ¿Por qué? O mejor, veamos primero lo que no es.

La famosa brecha digital. ¿Existe? Claro que existe, pero es, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE, 2020), bastante pequeña y la tendencia es que cada año lo sea aún más. El 95,4% de los hogares españoles dispone de conexión a internet, el 93,2% han usado internet en los últimos 3 meses y el 91,3% lo hace al menos una vez por semana. Por lo tanto, el acceso a las fuentes de información y a la cultura no representa un problema para la mayoría de los ciudadanos y será, quizás, la dirección de los intereses de éstos la raíz enquistada de la situación o, al menos, una de ellas.

Me explico. El conocimiento no llega por ciencia infusa sino que, para llegar a éste, se hace necesario un interés por el individuo y la voluntariedad para aprender y entender. El conocimiento requiere esfuerzo, capacidad de interpretación y comprensión lectora y, como bien expliqué en el texto anterior Análisis crítico sobre el sistema estatal de comunicación científica, los últimos datos de PISA e informes similares no son muy halagüeños. Si unimos esta justísima aptitud de nuestros jóvenes en competencias básicas a la predominancia de los intereses en cuestiones más banales o superficiales de éstos y de la población general, se hace obvio que el problema no es el acceso a la cultura o, en nuestro caso, a la cultura científica, sino la falta de interés de la sociedad por ésta y, en última instancia, su comprensión. 

Según el Estudio Anual de Redes Sociales 2020 (IAB Spain, 2020), el 87% de los usuarios de internet entre 16 y 65 años es usuario de redes sociales y el uso que hacen de éstas es como entretenimiento (81%), medio de interacción social (77%) o de información (66%). Teniendo en cuenta que las cuentas más seguidas son de nuestro entorno más cercano (96%) o de influencers (56%), y que, los sectores más buscados son entretenimiento (50%), deportes (40%), viajes (39%) y alimentación (35%), la probabilidad de que la información final que le llegue al usuario sea de carácter divulgativo, científico y veraz, son muy reducidas.

Por lo tanto, sigo con mi alegato en defensa del cambio educativo como medio para el acercamiento de la población al conocimiento en general y a la ciencia en particular. Crear leyes educativas estables, que no se tambaleen con cada cambio de gobierno y que favorezcan la autonomía de los centros, así como aumentar el gasto público en educación, mejorar el nivel de formación del profesorado y no reducir los requisitos para conseguir el aprobado o la promoción de curso, son algunas de las estrategias que parecen más viables para conseguir la mejora educativa (Martínez García 2007). Introducir materias relacionadas con la vida cotidiana (nutrición, ecología, economía y finanzas, aplicación de las ciencias) y que sirvan para despertar el interés de los alumnos parece otra vía lógica para lograr mayor nivel cultural en la mayoría de la población e indirectamente aumentar su curiosidad y necesidad de mayor conocimiento.

Ahora vayámonos al otro lado de la balanza: las instituciones. Porque éstas tampoco están exentas de culpa. Si los ciudadanos no muestran interés es porque desde el lado científico y académico tampoco se lo están poniendo fácil. Tan sólo un 23,9% de los proyectos de investigación e innovación dispone de web, menos de un 15% tiene redes sociales y, únicamente el 3%, usa los medios para implicar a los ciudadanos. Las instituciones, además de no involucrar a la población en sus estudios, lo hacen de forma excesivamente técnica y de manera unidireccional (López-Pérez y Olvera-Lobo, 2018), por lo que el mensaje científico o no llega al público, o lo hace en código.

Si los beneficios de las nuevas tecnologías y las redes sociales son muchos (poco coste/inversión, mayor creatividad, gran poder de difusión, acercamiento entre los agentes implicados) y los inconvenientes pocos (emergencia de fake news y pseudociencias, necesidad de un público base amplio o followers para lograr impacto), ¿por qué no se logra ese acercamiento y la participación ciudadana en temas científicos? ¿Qué se puede hacer para salvar esta distancia?

Apoyándome en las estadísticas aportadas anteriormente sobre el uso (y abuso) de las redes sociales se me ocurren varias líneas (al margen de la mejora educativa necesaria y ya comentada):

  • Fomento de la creación de perfiles en las redes sociales de mayor uso (Twitter, Instagram Facebook). Igual que hay gabinetes de prensa que se encargan de la comunicación con los medios y los periodistas, se puede crear una figura de community manager especializada en estas plataformas que cree contenido a diario y conozca bien las estrategias para lograr mayor difusión y engagement. Así mismo, a través de estos medios se puede crear un canal de comunicación fluido y directo con el público que podrá expresar su apoyo, opinión o dudas.
  • Uso de los influencers como medio publicitario. Estas figuras representan el 56% de los seguimientos en redes y, por tanto, pueden ser un nexo con el resto del público y una manera de amplificar el mensaje. Hoy día hay influencers de todos los géneros y en todos los canales y formatos. Elegir personajes con un perfil afín a la rama científica y colaborar con ellos en la divulgación de contenidos científicos y la publicitación de las nuevas investigaciones parece sensato.
  • Mejor aprovechamiento de los medios audiovisuales. Youtube, Spotify, Voox, etc., usan el formato vídeo o podcast, ambos de gran aceptación entre el público, para difundir contenidos de todo tipo. En la era de la inmediatez y la facilidad donde lo queremos todo ya y si puede ser para llevar, estos medios podrían enganchar a público de todo tipo. Desde trabajadores y estudiantes en sus desplazamientos, hasta am@s de casa mientras limpian o cocinan. Cualquiera puede darle al play y aprender.
  • Usar todas las estrategias y plataformas mencionadas para dar a conocer lo que ya existe y ya se está haciendo: cursos gratuitos, exposiciones, museos, congresos, ponencias, webinars, etc.

Implicar a la población no es fácil porque hay muchos frentes abiertos y serios problemas de base, pero si no lo conseguimos con esta plétora de medios…¿Cuándo si no?

REFERENCIAS:

HERAS. A. (2020). Heras, A. (2020, 22 noviembre). ANÁLISIS CRÍTICO SOBRE EL SISTEMA ESTATAL DE COMUNICACIÓN CIENTÍFICA. Hérase una vez. https://heraseunavez.com/2020/11/22/analisis-critico-sobre-el-sistema-estatal-de-comunicacion-cientifica/

IAB Spain (2020, 18 junio). Presentación Estudio Redes Sociales 2020. IAB Spain. https://iabspain.es/presentacion-estudio-redes-sociales-2020/ . Consultado el 30 de noviembre de 2020.

INE (2020). Nivel y condiciones de vida (IPC) /Condiciones de vida /Encuesta sobre equipamiento y uso de tecnologías de información y comunicación en los hogares / Útimos datos. (2020). INE. https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=Estadistica_C&cid=1254736176741&menu=ultiDatos&idp=1254735976608 . Consultado el 30 de noviembre de 2020.

Martínez García, J.S. (2007). Fracaso escolar, clase social y política educativa. El Viejo Topo, ISSN 0210-2706, Nº 238, 2007, págs. 45-49. https://josamaga.webs.ull.es/fracaso-escolar-VT.pdf Consultado el 30 de noviembre de 2020.

López-Pérez, Lourdes; Olvera-Lobo, María-Dolores (2019). “Participación digital del público en la ciencia de excelencia española: análisis de los proyectos financiados por el European Research Council”. El profesional de la información, v. 28, n. 1, e280106. https://doi.org//10.3145/epi.2019.ene.06 

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. https://dle.rae.es/acercar . Consultado el 30 de noviembre de 2020.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. https://dle.rae.es/conocer . Consultado el 30 de noviembre de 2020.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. https://dle.rae.es/conocimiento . Consultado el 30 de noviembre de 2020. 

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EL SIGNIFICADO DE LA CAUSALIDAD GENÉTICA.

La culpa nació soltera y nadie con ella se quiere casar”.

La sabiduría del refranero rara vez falla y, en el mundo de las profesiones médicas o sanitarias, este ejemplo concreto viene como anillo al dedo.

El ser humano ama el azar y prefiere una y mil veces hallarse impotente ante los acontecimientos que le suceden que entonar el mea culpa, coger el toro por los cuernos y cambiar aquello que le hace mal, por incómodo que sea vivir con ello. Los modernos lo llaman “quedarse en la zona de confort”. Yo, escurrir el bulto. Y el escaso conocimiento que posee la población general sobre cuestiones biológicas, fisiológicas y médicas, hace de la genética la mayor de las excusas usadas por la gente en cualquier contexto desde el “me ha comido los deberes el perro” que usaban en el colegio.

Elliott Sober hace de “El significado de la causalidad genética” una introducción muy acertada de lo que puede explicar la genética y hasta dónde puede llegar su determinación sobre las cosas que somos y las que nos ocurren, y de aquello que, para que acontezca, requiere alguna influencia que va más allá: lo que conocemos como entorno.

Para los que estamos un poco más versados sobre el tema puede resultar algo redundante y, en ocasiones, da la sensación de que ha entrado en un bucle explicativo, pero para aquellos que tienen conocimientos limitados sobre esta cuestión me parece perfecto. Ofrece tal cantidad de ejemplos que, si el lector no lo ha entendido con el primero, habrá otros tantos que le resuelvan la duda. Lo que está claro es que, cualquiera que lea este apéndice, lo concluirá entendiendo que la culpa de todas las enfermedades, rasgos o características del ser humano no la tienen los genes y que será la combinación de estos con el ambiente, entorno o contexto en diferentes grados o niveles la que resolverá la ecuación final. Quizás no puedan definir los conceptos correlación y causalidad pero, definitivamente, entenderán que la una no conlleva necesariamente a la otra.

¿Son necesarias 22 páginas para esto? Yo creo que sí. Soy testigo a diario del desconocimiento en cuestiones de salud y lucho, a mí manera, para que las personas que reciban diagnósticos y tratamientos en mi consulta salgan de ella sabiendo que la caries y la enfermedad periodontal son enfermedades ligadas a los hábitos de alimentación e higiene y que, la genética, puede ser un factor predisponente en mayor o menor medida y que rarísima vez los genes dictan sentencia definitiva. 

Como mi ejemplo hay otros miles, dentro y fuera de las ciencias de la salud. Cada acción tiene su reacción y la inacción, aunque sea fruto del desconocimiento, no te exime de sus consecuencias. Por eso es importante fomentar el conocimiento más elemental de diversas disciplinas que ayuden a la población a tomar mejores decisiones en cuestiones relacionadas con economía y fiscalidad, política, educación, nutrición, salud y sostenibilidad. Es raro encontrar quien sepa el cómo y el porqué de sus impuestos y retenciones o entender su propia nómina, que conozca la diferencia de los macronutrientes que componen su comida o qué función cumplen y, no menos importante, entender que una bolsa de papel puede resultar más dañina y contaminante que su homóloga de plástico dependiendo de varios factores.

Desde el gobierno se suelen tomar acciones del color de su logotipo y frecuentemente salpicadas por otras motivaciones, ya sean políticas o económicas, que no suelen beneficiar a la sociedad española de manera global. Aunque se ha avanzado en la promoción de la investigación y la ciencia, estas medidas se quedan muy cortas porque esos avances y grados de información quedan accesibles para los que ya disponen de cierto nivel académico. Ninguno de estos temas es abordado de forma suficiente ni eficiente en la educación obligatoria y, sin embargo, cualquiera de ellos puede acarrear consecuencias éticas, legales, medioambientales o sanitarias. Esto se traduce en una sociedad poco preparada y que, en definitiva, no es libre de verdad para decidir.

REFERENCIAS:

Sober, E.,(2003). El significado de la causalidad genética. En A. Buchanan, D. W. Brock, N.  Daniels, y D. Wikler, (Ed.), Genética y Justicia (Primera ed., pp. 323-345). Cambridge University Press.

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